CON EL LÁPIZ EN LA MANO

CON EL LÁPIZ EN LA MANO
Lápiz en mano restauro las omisiones del tiempo;
pretendo rescatar de su fluir aunque sea un silencio;
de su desolación, acaso una lágrima, el rumor de un vaticinio.
Porque el tiempo hay que llenarlo como sea,
hasta con materiales de derribo,
como se colma el mar con el pulso incesante de las olas;
como hay que llenar preciso el papel en blanco cotidiano,
el deambular desabrido de la prosa que denuncia cada pálpito,
o la página incierta en el albur amedrentado del decurso.
Solo cuando el existir alcanza la dimensión de lo vivido,
el ser completa su significado,
se justifica la razón del continuo crecimiento,
 se consigue paz con garantía de certeza.

ESPAÑOLES EN EL MUNDO

ESPAÑOLES EN EL MUNDO
Nunca me he planteado seriamente la posibilidad de abandonar España en busca de un futuro diferente, de dejar por una ilusión de vida más halagüeña el fárrago de nuestras obligaciones, trampas y ataduras. Pero no niego que he acariciado tal alternativa en distintos períodos de mi vida. En mi adolescencia, llevado por esa inadaptación propia de la juventud y con la imaginación repleta de tentadores ensueños, barajaba compulsivamente que algún día emigraría a Australia. Siempre me ha fascinado Oceanía, su maravilla exótica de continente virgen
 Con el tiempo, aquellas urgencias se desvanecieron y mi vida fue desenvolviéndose en las reales mediocridades que ofrecía España y concretamente una ciudad de provincias como Alicante. Ya de mayor, se mitigó mi sed por las tierras vírgenes y el paisaje ideal fue delineándose en algo más cercano, conforme fui descubriendo la vieja Europa y fue subyugándome el peso de su historia. Y entre todos los países europeos que conozco, uno especialmente cautivó mi corazón: Italia.   Si pudiera, escogería Italia para vivir; cualquiera de sus ciudades Florencia, Venecia, Roma primordialmente reúnen condiciones con sobrado atractivo para afincarse en ellas. Desde la grisura sin contrastes de la monotonía de los años, en la pesadumbre de la cotidianidad, añoro el día cuando acaso jubilado pueda residir mas largas temporadas en Venecia, identificándome con su emotivo pálpito, inmiscuyéndome en su ajetreo cosmopolita y acercándome a la Riva degli Schiavonni para, desde la terraza de uno de sus cafés, atisbar con ánimo extasiado el denso trafico náutico del bacino.

Y es que todos estos anhelos vuelven a reverdecer cuando visiono por televisión el programa "Españoles en el mundo". Me admira la gente que tiene la voluntad suficiente para cambiar de forma radical el paisaje de su vida. Sin pensárselo mucho hacen las maletas y, ¡anda!, ancha es Castilla, o Canada, o China o Tahití o Borneo o Pernanbuco. Me gustaría, frecuentemente sueño, en que se haga en mi vida posible un deseo semejante. Pero por el momento prima lo de siempre, la carencia de una fuente de ingresos que pueda hacer factible el pormenor de esa vida diferente y aventurera.

DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO: II

DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO: II
Esparta constituye ese otro ejemplo notorio en la antigüedad del estado totalitario, donde desde el nacimiento a la muerte el individuo permanecía ligado a su polis de forma determinante. Lacedemonia, que también así se la conocía, era el ejemplo más eminente de estado en el que una minoría señoreaba sobre el resto de la población. Una clase dominante, la de los spartyatas, dorios que ocuparon la Laconia en migraciones precedentes, prevalecía sobre las demás clases que componían esta compleja sociedad, como el caso de los periecos y los ilotas; estos últimos esclavos, a los que se mantenía en condiciones de servidumbre más que ignominiosa.

El individuo desde una primera edad era arrancado del seno de su familia y pasaba al servicio del estado, quien desde entonces se ocuparía de su educación, encaminada sobre todo hacer de él un individuo útil a la comunidad. Y en una sociedad belicosa como Esparta, el cometido no era otro que hacer de él un guerrero, un spartyata. La eficacia de esta formación tan solo se contrastaba en función del éxito bélico, pues el orgullo del común espartano era alcanzar en la batalla la victoria o la muerte.
Todo en la sociedad espartana giraba en torno a esta ley tiránica de predominio, en la que solo los mejores gozaban de los austeros beneficios que esta sociedad militarizada podía ofrecer. También la cultura participaba de este interés común, y todos los ejemplos de sus letras y su arte no pueden compararse ni por asomo con el esplendor de Atenas. Pero, curiosamente, en la antigüedad esa misma Esparta era la más admirada. Jenofonte pasó sus últimos años en Esparta, convertido en un espartano más. Platón la tuvo en cuenta para su estado ideal, en La República. Aristóteles la ponderó en sus constituciones, etc.

Finalmente, Esparta sucumbió bajo el peso de un status que no se podía mantener, victima de su propia idiosincrasia y de sus carencias; en la esterilidad  en la que devienen la autocracias en los estados totalitarios. Nada reseñable ha sobrevivido de sus ruinas; nada que encomiar de su arte, de su ciencia, de su arquitectura. Sólo ese enérgico orgullo guerrero que decidió la suerte de Grecia, y supuso para Europa un norte duradero, en las Termópilas, Platea y sus demás gestas guerreras.

DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO: ATENAS

DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO: ATENAS
                                                                    ATENAS.

La antigua Grecia nos ofrece dos claros ejemplos para entender estas opuestas concepciones del estado, como fueron las poleis de Atenas y Esparta. La primera fue el primer estado de la tierra en asumir el gobierno del demos(el pueblo). Incluso se puede añadir que, dentro de sus limitaciones, constituyó un sistema altamente representativo, donde aun el ciudadano más modesto era llamado a participar en las instituciones democráticas. El sistema funcionó por largo tiempo, y bajo él alcanzó Atenas su mayor esplendor y poderio, con la formación de la conocida liga de Delos, que era una forma de disfrazar su hegemonía política, consecuencia del resultado de las guerras médicas. Nadie pone en duda que esta liga tenía un carácter imperialista, y que bajo las premisas de alianza y defensa, con las que se fomentaba el desarrollo comercial y la expansión democrática, la ciudad de Atenas disfrutó su momento de mayor gloria, manifiesta en la proliferación de obras y templos que embellecieron su Acrópolis.
 El sistema político democrático funcionó hasta la llegada de Filipo de Macedonia, donde la monarquía pareció convertirse de nuevo en el modelo de estado que exigían los tiempos. Pero no entraremos a enjuiciar estos ejemplos tardíos, donde bajo la hegemonía macedónica el régimen ateniense se convirtió en un espejismo del pasado, en un simulacro de la vieja democracia.
Lo cierto es, sin embargo, que en la Atenas del siglo V la democracia floreció con una fuerza que ha resistido el peso de los siglos y forjó durante su singladura ese remanente  que constituye uno de los primordiales legados de Occidente. Cierto que para ello tuvo que encontrar al hombre, Pericles, que la hizo funcionar óptimamente y supo hacer generar todas las posibilidades que el sistema encerraba. En ella, el hombre, el ciudadano corriente, pudo ejercer algo que hasta entonces, en manos de reyes, oligarcas y tiranos, le estaba vedado: las libertades políticas, y, como consecuencia, la propia libertad individual, que creaba la posibilidad de desarrollar la inalienable voluntad del ser humano. Cabe decir que, con ello, lo relacionado con el individuo alcanzó un dinamismo y expansión incomparables. Se estimuló la riqueza, el vigor político, el ámbito cultural en todos los sentidos. Solo un régimen así, con el incentivo que ofrecía la libertad y la tolerancia,pudo justificar ese llamado milagro Ático, donde las artes, la ciencia y el saber dieron el máximo de sí, con figuras tan eminentes como Fidias, Sócrates, Platón, Jenofonte, incluso el más tardío Aristóteles, que junto a tantos otros  que están en la mente de todos nos quieren revelar que solo en el desarrollo del individuo en libertad se alcanza el progreso y la realización integral del Hombre.

CARLOS V: EL HOMBRE

La figura de Carlos V se perfila todavía hoy sin una evaluación definitiva. Para España, como Carlos I, fue un rey foráneo y para Alemania, ese Carlos V, representaba la cabeza de un imperio que no satisfacía sus aspiraciones.
En España, Carlos V, durante el franquismo, pese a la asunción del emblema imperial del águila, no fue excesivamente comprendido y se le consideraba un rey con los intereses puestos más allá de la península, enfrascado en los asuntos imperiales. Porque reyes genuinamente españoles lo fueron Isabel y Fernando y, sobre todo, Felipe II, con quien España alcanzó su mayor dimensión en la historia.

Para la España de principios del quinientos, la figura de este joven rey que se puede decir usurpó la corona a su madre, Juana, recluida en Tordesillas, supuso una pesada losa, tanto institucional como económica. En los albores de su reinado, socabó las instituciones castellanas, inmiscuyendo a sus ministros borgoñones en los puestos más esenciales de las estructuras de poder, y esquilmó las arcas repletas por el pingüe comercio de la lana y el usufructo de América para financiar sus guerras y devaneos en Europa. De semejante abuso fue denunciante la revuelta comunera y las admoniciones de las cortes de Castilla, que de algún modo le hicieron reflexionar sobre sus propósitos y deudas con la corona. Pero, claro está, que Carlos no podía olvidar su majestad como sacro emperador romano germánico.

Hay muchos historiadores que señalan que este fue su gran error, el  de creerse figura mesiánica de un imperio universal cristiano, herencia de los tiempos mediévales. Lo cierto es que Carlos se empeñó en una política que chocaba con la nuevas corrientes que traían los tiempos: los nacionalismos y la reforma de la iglesia. Pero aún en esto fue contradictorio. Porque ¿cómo entender que un convencido erasmista se opusiera tan radicalmente a la Reforma de Lutero, y no reconociera, tampoco, ese florecimiento de la naciones que se oponían a las vernáculas ambiciones de familia de los herederos imperiales?

ORIENTE Y OCCIDENTE

ORIENTE Y OCCIDENTE
Oriente y Occidente son los dos ámbitos donde se ha desarrollado el proceso de la historia.  Pero ¿qué son en realidad estos dos conceptos? Encarnan,sí, la fuerza viva-histórica-que ha dado conformidad al acontecer humano. Son dos polos que en su dialéctica han prefigurado la realidad que nosotros conocemos y de la que participamos. Son aún más: dos culturas dispares, dos conciencias distintas que determinan el modo de ser de los pueblos, sometidas a todas las contingencias que plantea el avatar de la existencia. En sí, son dos conceptos que parecen excluyentes, dos concepciones del mundo que se repelen y atraen, entre el diálogo y la pugna, tratando de vadear lo mejor que pueden las corrientes turbulentas de la historia.

En la antigüedad estos dos conceptos abarcaban unas realidades bastante más limitadas que las que hoy los conforman. Occidente lo enmarcaba la cuenca norte del Mediterráneo hasta lo que hoy conocemos como Grecia, y el Oriente se integraba desde la costas jonias de la actual Turquía hasta los montes que delimitan el país de los ríos, conocido por los griegos como Mesopotamia. En estas dos áreas, incluido ese Egipto sureño que viene a participar más de la cultura oriental que de la occidental, se vieron desarrollarse las civilizaciones que dieron configuración al mapa  donde se jugó la suerte de ese mundo. En todo desarrollo de los pueblos parece existir la voluntad de dominio, y ésta es la que vino a prevalecer en ese dilatado proceso de influencia y predominio. Por mucho tiempo oriente pareció tener ganada la partida a occidente; en él se vieron desarrollarse los grandes imperios y culturas antiguas: el Egipto milenario, Asiria, Babilonia, Media y por último Persia, que bajo Ciro fundó el imperio más extenso conocido hasta entonces en la Tierra. Pero su misma extensión hacia de él una entidad descomunal, poco menos que ingobernable. En su sed de dominio, siempre ávido de nuevas fronteras y tributos, tropezó con un pueblo marinero que emergía y que había extendido su influencia por todo el Mediterráneo occidental y aun en las costas jonias, limítrofes con los territorios del gran rey de reyes. A partir de ahí surgió ese conflicto de civilizaciones que iba a condicionar la evolución histórica del mundo antiguo. Primero fue Dario, quien trató de someter a los griegos, perdiendo su oportunidad en Maratón; luego vino su hijo Jerjes, que vio perecer su multitudinario ejercito en Salamina y Platea. Desde entonces los jerarcas orientales renunciaron a la conquista, y limitaron sus políticas a otras estrategias que les dieran resultados más provechosos y menos expuestos. Pero esta prudencia, soló facilitó que los griegos se fortalecieran y buscaran una alianza con la que combatir con garantías al imperio persa. Aunque esto sólo se saldó con la implantación de un nuevo imperio: el de Alejandro Magno, el joven rey macedonio que acaudilló la causa de occidente hasta la impensadas orillas del Ganges. El sueño de Alejandro tal vez fuera del de crear un mundo sin fronteras, y para ello era necesaria  la simbiosis de Oriente y Occidente. Esta sería la buena fe de Alejandro, quien se orientalizó; pero sus generales, tras su muerte, creyeron otra cosa, y trataron que el occidente engullera al oriente. Entonces sólo prevaleció la fuerza de la conquista, el credo de la espada, que era la única deidad que adoraban estos diádocos. Alejandro llevo al Oriente el legado filosófico griego, pero ninguna realidad espiritual que pudiera desbancar a la religiosidad oriental, de modo que el influjo alejandrino en oriente solo fue superficial, atendiendo sólo a formales aspectos de la cultura y la moda.

Porque para que esa dualidad insoluble en algún caso se desvaneciera, hubo de esperar el paso de toda una nueva civilización, del imperio más poderoso de la antigüedad, Roma, y el nacimiento en Palestina, en el momento más esplendoroso de la  historia romana, de un Galileo  que se llamó Jesús y cuya doctrina conjuga en sí esas dos corrientes que parecen excluyentes: Oriente y Occidente. Por eso el cristianismo triunfó y supuso la continuidad hasta nuestros días de ese mundo antiguo, naturalmente renovado.

HISTORIA DE MI VIDA, DE GEORGE SAND

HISTORIA DE MI VIDA, DE GEORGE SAND
He leído durante estas últimas semanas la Historia de mi vida, de George Sand. El libro transpira un encanto especial. Su lectura ha sido enriquecedora y su estilo envolvente,  capaz de convencer al tiempo que deleitar.
Sobre esta mujer todos guardamos la memoria de su leyenda: la de precoz feminista que, disfrazada de hombre, cautivaba las voluntades masculinas que,  inseguras de sí mismas, se plegaban  a su vigoroso magnetismo. Bajo su seducción cayeron de Musset, Chopin y algunos otros. La Historia de mi vida no es que desmienta de plano estos pormenores, pero si los sitúa con una perspectiva en cierto sentido menos sórdida.
Quien se acerca a George Sand, para qué desmentirlo, lo que busca es el contraste de toda esta ropa sucia. Por eso la Historia de mi vida puede suponer un singular hallazgo, el acercamiento a la sensibilidad de una mujer que supo forjarse un destino distinto al que una sociedad inmovilista la condenaba. Se atrevió a tener eso que a una mujer normal no le estaba permitido: temperamento, conciencia de su individualidad, libertad de espíritu, requisito este último demoledor para cualquier reaccionarismo.

La Historia de mi vida, al menos en la versión que hasta mí ha llegado a través de una libería de lance, comprende dos etapas fundamentales en la vida de la protagonista. Una, que me parece esencial, en la que relata esos años decisivos de su infancia y juventud, con una finísima sensibilidad y capacidad de análisis de los procesos primarios y fundamentales de cualquier ser humano. Su agudeza sicológica y su maestria narrativa, que alcanza el pulso necesario para describir la memoria, la convierte en precursora de esa otra obra clave de la narrativa memorialística de la letras universales: me refiero A la recherche du temps perdu, de Marcel Proust. Claramente nos recordarán los cálidas vivencias de Nohant a las profundas sensaciones de Combray. Nos es raro que Proust bebiera en estas memorias de la Dupin para elaborar el complejo universo de su ciclo, en el que se nos recuerda cuál debe ser la esencia de la literatura.

En la segunda parte de su libro, Sand nos presenta su abigarrada galería de amistades. Allí se rememora con ternura a Balzac, en esos tiempos pioneros en donde se fraguaba su desbordada genialidad. Nos recuerda, que en un viaje a Italia coincidió en el mismo vapor con Sthendal, o mejor con el más sombrío Henri Beyle, cónsul en Civitavechia. Puntualiza la capacidad extrema del escritor para la ironia, incluso para la sátira. Y no es para menos, y hasta nos sorprende, que ese reconocido enanorado de Italia le planteara una visión por lo demás cáustica de la peninsula y de sus conspicuos moradores, tan dados a la fácil caricatura. En este viaje, Sand descubrió Venecia. Se enamoró de ella como tantos otros, elevándola al rango de ser vivo capaz de despertar sentimientos y quizá  hasta prestarse a este recíproco juego, como tal esperarían de ella los más románticos.

Sobresale entre sus últimas páginas, ¡cómo no!, el recuerdo de Chopin; el crudo invierno pasado en Valldemosa; la sutil penetración para describir su complejo temperamento. Pormenoriza la índole de su relación, donde la frágil personalidad del compositor la comprometía hacia un celo maternal. Claramente, Sand revela el carácter de tan compleja relación, hasta donde permite el pudor.
En definitiva, quien se adentre en la lectura de la Historia de mi vida, se encontrará con un libro hermoso, contado con la amenidad de una mano maestra.