VENECIANAS XL: VENECIA Y VIVALDI

VENECIANAS XL: VENECIA Y VIVALDI
Parafraseando la cita de Nietzsche de que "cuando digo música, pienso en Venecia", podríamos sintetizar ambos elementos en la figura de Vivaldi.
Cierto que hubieron otros muchos músicos en Venecia; el propio Monteverdi fue maestro de capilla de la Basílica de San Marco; destacaron también Tomasso Albinoni y los Marcello. Pero fue Vivaldi, qué duda cabe, el máximo exponente de la música más genuinamente veneciana. En la obra de Vivaldi late esa visceralidad vital y deslumbradora que imprime ese sello característico a la ciudad de los canales.

Entre sus obras, la más celebrada quizá sea Las cuatro estaciones. Su éxito tal vez resida en que su exquisita belleza alcanza al mayor número de sensibilidades. Está comprobado que la obra gusta hasta a quienes por principio son indiferentes a la música clásica. Por mi parte, he de manifestar que es una obra que no me canso de escuchar; tiene un innegable valor terapéutico para cualquier afectado por el estrés y la melancolía; su fluir será como una fuente que mitigue cualesquiera resquemores. En el sortilegio de sus notas se encierra un efectivo antídoto contra la tristeza; cualquier espíritu se elevará al escuchar las alegres notas de la Primavera, arrastrada por el impulso de sus céfiros y el auge nervioso de sus corrientes crecidas por el deshielo. Todo corazón trepidará con el presto del Verano, donde la tensión de la cuerda cobra aliento de absoluto. Le impregnará la también dulce nostalgia de los íntimos celajes del Otoño, y en el Invierno perseguirá los pasos sinuosos del beodo a través del sendero nevado, con ánimo temperado y filosófico. El alma se reconfortará con sus notas como con las más tiernas frases de amor.  Cadenciosos arpegios, emotivos increscendos, brillantes trinos. Es la quintaesencia de la cuerda que penetra hasta la fibra más sensible del alma y nos concede el milagro trascendido de la música.

Un gondolero vacila tratando de mantener el equilibro; el bacino acusa el furor de las borrasca: ruge el viento, arrecia el temporal: es La tempesta de mare. Quizá sea el más brillante de sus concerti , un género que Vivaldi apuró hasta sus últimas consecuencias, buscando las más reservadas posibilidades del Allegro y las sutilezas más delicadas del movimiento lento, una parcela donde Handel y Albinoni eran maestros. ¡ Qué suma delicia nos ha robado el tiempo privándonos de escuchar su giardino armónico interpretado por su orquesta de alumnas en el  Ospedale de la Pietà¡ Pero Venecia, rescatándolo del olvido, mantiene vivo su legado, y nos reserva  su milagro, el sueño de su música imperecedera. No hay más que pasarse por San Basso o San Vidal.

EL HOMBRE QUE HABÍA PERDIDO LA SONRISA

EL HOMBRE QUE HABÍA PERDIDO LA SONRISA
No es que le costara sonreír, es que, aunque se esforzara, le resultaba más que imposible esbozar siquiera una sonrisa
Poseía fotos, en ese bagaje de recuerdos disecados en papel kódak que todos poseemos, donde aparece de niño, sonriente frente al objetivo del fotógrafo. ¿Que había ocurrido, pues, para que esta circunstancia se hubiera vuelto inviable?
No recordaba cuándo había reparado en este pormenor. Quizá repasando las fotos de los últimos años. Sus fotos de carnet se le antojaban horripilantes; en ellas aparecía un rostro que le costaba trabajo reconocer. Un rostro avejentado, fláccido, que adoptaba una aseriada mueca. No se reconocía, porque su memoria solía observarse en el espejo de su juventud. Entonces, aún podía sonreír; poseía las pruebas gráficas de que así era. No como ahora, cuando se observaba  con agrio gesto, asomando su cabeza entre otras muchas, en las fotos anuales de la comida de empresa. En éstas, cuando el fotógrafo dispone el objetivo e invita a enfatizar la sonrisa en ese Cheese o patata tan tópicos, él por mucho que intenta disciplinar los músculos para que articulen la sonrisa, solo logra componer un amargo gesto, casi un rictus.

Es un rictus que le preocupa, casi le atormenta; calcula que es ese poso que ha dejado en su fisonomía el dolor de los años, el resumen de la vida...; y siente terror. ¿ Será quizá que en esa mueca comience a configurarse lo que será el último gesto, ese que ya no nos es propio y que nos modela la máscara impersonal de la muerte?

CREPÚSCULO PARA UN CUADRO DE MONET

CREPÚSCULO PARA UN CUADRO DE MONET
Crepúsculo. La tarde desfallece fatigada de la luz.
Claridad evanescente es la atmósfera tenue. El sol agonizante amarillea, dora las nubes livianas, nebulosas; sus rayos mortecinos espolvorean purpurados la levedad del éter. El azul se vuelve cendal lechoso.
Es una extensa mancha parda el Benacantil. El aire apenas acaricia; la tarde despereza con el rubor voluptuoso de una meretriz. En los jardines, los árboles se ensombrecen, mientras en la copas frondosas se escucha el alborotado frenesí de los pájaros. Algo pasa rasgando el aire; pudiera ser un murciélago.
El caminante penetra el corazón del ocaso. La ciudad endomingada descansa del ajetreo de la semana. Contados son sus paseantes; apenas hay trafico. Las grandes avenidas buscan la lontananza, con dorados reflejos deslumbrando en las fachadas acristaladas. La tierra parece trascendida. El tiempo fluye lleno de presentimientos; teme la noche, donde su corazón recela dejar de latir. Conoce la muerte, por eso abomina ese lado oculto de la creación.
El sol es una bola encendida de oro viejo, un crisol donde se forja el latido vital del universo. La tarde va muriendo; el color se apaga. Las nubes se colorean de un tenue rosa femenino; el sol vierte su estertor entre doradas añoranzas. Llegan las sombras como harapos de misterio para envolver la apatía de la ciudad cansada de discernir. La sutilidad de la luz acaso inspiraría un cuadro de Monet. Pero es la noche con su negligé de vampiresa, adornada con la peineta de bruñida plata de la luna. Todo es acabado. Negro

VENECIANAS XXXIX: ACQUA ALTA

VENECIANAS XXXIX: ACQUA ALTA
He escuchado por televisión, como cada año, las noticias referentes al "Aqua alta"  que cada otoño-invierno sumerge parte de Venecia bajo las aguas de la laguna. Por mi parte, es una circunstancia que nunca he presenciado in situ, pero que debe ser bastante engorrosa para los nativos y no exenta de pintoresquismo para los turistas.
Cada año, la plaza de San Marco y sus aledaños quedan parcialmente anegados por las aguas, con los consiguientes perjuicios patrimoniales y económicos. Los agoreros anuncian que tales flujos periódicos de la marea acabarán haciendo sucumbir bajo las aguas a la legendaria ciudad de los canales, con todo su esplendor y prestigio histórico. Si tal ocurre, la humanidad perderá una de esas huellas que mantienen viva la memoria de su destino. Porque en Venecia cobra valor el paso de los siglos y se nos recuerda que esa transición de las generaciones nos es una carrera vana, que ese legado de los siglos pasados es el aquilata y da consistencia a nuestro fugaz presente. Pues en Venecia la obra del hombre cobra rango, como dirían los italianos, de capo lavoro (obra maestra).
Nadie desea que este vaticinio pesimista se cumpla. Nos resistimos  a creer que uno de los más rutilantes milagros que la humanidad ha producido quede sepultado bajo las aguas como una segunda Alejandría de Egipto. Venecia, la perla del Adriático, debe durante los siglos venideros seguir destellando sus nacarados reflejos sobre el azul de ese mar inmemorial, de ese "mare nostrum " del que la República fue de las más suyas. Sí, Venecia  debe ser consolidada,  apuntalada, protegida de la ávidez de ese lecho fangoso que intenta engullirla entre las amenazantes fauces del olvido y convertirla en otra Troya, en otra Síbaris. Por tanto, debe ser rescatada como sea del furor de las aguas, como lo fue Moisés, con la cesta, de las aguas no menos voraces del Nilo. ¡Rescatad Venecia!, sea con el plan Moisés o cualquier otra audacia de la ingeniería, porque el espíritu de la humanidad quedará por siempre incalculablemente agradecido, ya que solo por testimonios como el de la Serenísima la llama de su más alta esperanza permanece viva.
  

CONCIERTO Nº 2 DE RACHMANINOV

CONCIERTO Nº 2 DE RACHMANINOV
El gusto es algo en verdad en continua evolución; como cuanto nos rodea, está sujeto al cambio. Cuando uno cree formado y asentado su juicio y sus valoraciones, hete aquí que esa maduración del espíritu en la alquimia de la vida, nos sorprende con unas sintonías que no creímos que se pudieran producir.

Mi conocimiento de la obra musical de Rachmaninov se remonta a esa época, hoy remota, de mi personal acercamiento a la música llamada clásica. Como todo apasionado, este contacto con dicha música no se produjo sino con ímpetu desbordado, con la avidez del inane, con la furia del enamorado que necesita saciarse de cuanto anhela su corazón. Como mi espíritu, aún tosco, irradiaba el vigor de la juventud, buscaba en ese ámbito musical cuanto estuviera acorde con la impaciencia de su pulso, con el fluir pasional que recorría sus venas, mientras anhelante esperaba alcanzar por el influjo de las notas un anonadador paroxismo. Su primer amor, como el de otros muchos, fue sin duda Beethoven. ¿Quién podría sustraerse a su fuerza telúrica, eludir su abrazo arrebatado al mundo, desentenderse de su dimensión sideral? Y Beethoven perduró; luego vendría Wagner con su extraordinaria fuerza musical y poetica; vino para quedarse y para constituirse en uno de los compañeros más frecuentados de mi vida. Mi espíritu se sentía reacio a que otros penetraran en el ámbito de estas dos potestades de la música, y se volvió exclusivista. De esta época quizá date mi primera audición de Rachmaninov; entonces, me pareció un músico algo flebe, pastoso, retórico y por demás plúmbeo. Su música se me antojaba nebulosa e indirecta, y, pese a su apariencia fascinadora, no lograba trasponer las puertas de mi gusto y de mi corazón.
Pero, en realidad, para asumirlo, ¡qué duda cabe!, se necesitaba ese rodar depurador del tiempo, esa evolución del gusto, la dilatación de esas estrictas normas estéticas que luego reconocieron la genial obra de Mozart, el universo estilizado y melancólico de Chopin, y las vicisitudes en ese salón de la íntima subjetividad romántica, lo cual   ayudaría luego a reconocer el torrente sensible y aristocrático que constituye la voz de Rachmaninov. De modo, que hoy puedo exclamar con Marilyn Monroe, en "La Tentación Vive Arrriba", al escuchar el concierto numero 2 para piano y orquesta del compositor ruso:  ¡Sucumbo a su impacto emotivo".

EN EL CAMINO...

EN EL CAMINO...
El verano me llevó a tierras gallegas. Para quien habita en el extremo opuesto, dicha opción resulta sobradamente estimulante y llena de atractivos. Mi estancia de un par de días durante el año anterior en Santiago, fue la que me hizo reincidir. Porque la capital gallega es una ciudad llena de fascinación, y su vitalidad, ciertamente, parece resurgir de una fuerza espiritual que, para los católicos, competerá al Apostol y, para los demás, resultará algo tan vivo y evidente que no se lo puede desdeñar. Este motor, sin duda, es el "Camino".
Nunca como este año he estado tentado de emprender el Camino. Hasta el último momento mantuve la reserva con un mayorista de viajes que ofertaba una alternativa del Camino a pie. Abordaba los últimos cien kilómetros  del Camino francés, partiendo desde Sarria hasta Compostela, en cinco o seis etapas llenas color y bastante sugestivas, suficientes para torturar los pies y cultivar una bonitas ampollas. Pero ¡que más da!, no involucraremos en el torbellino del Camino. Porque, verdaderamente, la ruta debe andar llena de sorpresas y entre sus peregrinos podemos encontrar los grupos más heterogéneos, cuya motivación final para emprenderla puede dejarnos algo perplejos. El camino real es por fe, ciertamente una fe harto discutible; pero habrá quien se lance al camino por un promesa, para cobrar experiencia, con finalidad deportiva, por inquietudes culturales, e incluso para ligar, porque esta claro que la dilatada fraternidad de la ruta abre todas las puertas. En cualquier caso, el Camino nos invita a que hagamos acopio de sus tesoros más vitales y estremecedores, que calcemos las botas, aprestemos un cayado, una mochila y nuestra más apasionada esperanza y emprendamos un personal peregrinaje, en el que cualquier caso es seguro que encontremos ese algo más.
Hasta hace poco tales nombres y etapas comunes al Camino me eran desconocidos, pero hoy los pronuncio con cierta cómplice familiaridad. Siento recelo de que todavía no hayan formado parte de mi bagaje personal, que no haya conocido su auténtica realidad de primera mano y que sus senderos aún permanezcan en la incertidumbre, en la vaguedad del ensueño. No conozco a ciencia cierta su topografía, pero puedo imaginarla: Vivir en plenitud sus tierras feraces, abrumados por el hondo latido del corazón galaico.  Portomarín, Palas de Rei, Arzúa, Vilar de Donas, Monte del Gozo, nombres que hay que penetrar no desde la indiferencia del turista sino desde la vivencia del peregrino que busca en la extensión de las leguas las profundidades de su corazón. En un slogan del Camino leí: en la mortificación está el gozo. Yo no diría tanto, pero es seguro que el Camino reserva un íntima vivencia que se nos irá desvelando durante el ejercicio de la ruta. Quizás"eso" que nos conduce a  Compostela es la búsqueda desesperada de nosotros mismos, la ratificación de ese compromiso espiritual en el que descubrimos que ¡sí!, verdaderamente, no estamos solos.